Poochytown

Jim Woodring

[Fulgencio Pimentel 2018]

Asociados habitualmente al concepto de cómic alternativo, una denominación que en la actualidad ha perdido gran parte de su sentido, nos puede pasar desapercibido hasta que punto los tebeos de la serie de Frank de Jim Woodring (1966, Los Ángeles, Estados Unidos) siguen al pie de la letra el tradicional esquema narrativo de introducción, nudo y desenlace. Empeñados como estamos en destacar por encima de todo el alto grado de psicodelia que alcanzan sus viñetas, nos olvidamos del enorme respeto que mantienen hacia los pioneros del cómic y de la animación, empezando por el Disney más primitivo, los funny animals y el cartoon clásico.

La fidelidad de las creaciones de Woodring hacia esos modelos primigenios se percibe de entrada ya en su misma naturaleza. Se mueven en un deambular perpetuo, desplazándose sobre unos fondos no precisamente repetitivos, como lo eran los de las viejas series de televisión –una industria en la que, por cierto, trabajó el propio Woodring-, sino originales e hipnóticos, descubriendo hallazgos sorprendentes a cada paso. En sus historietas siempre está pasando algo, el ritmo es continuo y todo tiene su toma y daca, a cada acción le sucede su correspondiente reacción. Criaturas que se reconstruyen página a página, son, también en eso, prototípicos personajes de dibujos animados, que sufren las consecuencias de sus actos al instante, para recuperarse mágicamente y de manera inmediata de cualquier accidente, golpe, desmembración e incluso deceso.

En sus historietas siempre está pasando algo, el ritmo es continuo y todo tiene su toma y daca, a cada acción le sucede su correspondiente reacción

En ese sentido, el Unifáctor, el escenario en el que se desarrollan tales desventuras, es un mundo en apariencia sencillo, tan antiguo que parece anterior al nacimiento de las grandes civilizaciones humanas, pero que como aquellas se rige por una especie de ley del Talión. Es un teatro donde se representan desde escenas tiernas a enfrentamientos encarnizados, venganzas y peleas sangrientas y crueles, donde se cambia con facilidad de aliados o de enemigos. Pero al mismo tiempo es un rincón complejo, poblado por maravillas naturales, corpóreas y alucinantes, en el que se acumulan dimensiones alternativas, oníricas y terrenas, recónditas y cercanas. El rol de Frank en medio de esa geografía es igualmente confuso. No ejerce ni de héroe ni de anfitrión. Es un habitante más, parte de un elenco reducido de comediantes contrapuestos o complementarios según las circunstancias.

Y el reciente Poochytown, con el que la saga alcanza su quinta entrega en castellano –si dejamos fuera, claro, las láminas recogidas bajo el título de Peeping Frank-, supone un ladrillo más en la inmensa torre que Woodring está levantando. Publicado por Fulgencio Pimentel apenas tres meses después de su aparición en Estados Unidos de la mano de Fantagraphics, es hasta cierto punto una pieza intercambiable con las otras cuatro. Es más de lo mismo, en el mejor sentido de la expresión. Sigue manteniendo las características señeras de las historietas precedentes, sigue conservando una inusitada capacidad para asombrar, para incorporar maravillas, para descubrir monstruos.

Como Frank o Filigranas del clima, Poochytown tampoco pretende servir como baliza, ni fijar un camino a seguir, no hay un principio o un final claro. Latitudes y longitudes carecen aquí de utilidad. El orden temporal es útil únicamente en la lógica interna de cada relato concreto, careciendo de importancia en el momento en el que abrimos el objetivo para abarcar toda la obra. De ese modo, el ciclo de Frank se ha independizado de su autor sin dar síntomas de agotamiento.