Historias en estampas

Rodolphe Töpffer

[El Nadir, 2019]

El próximo otoño se cumplirán treinta años de la celebración en la ciudad italiana de Lucca de aquel polémico simposio que tenía como objetivo fijar la fecha exacta del nacimiento del cómic. Como sabrán, los expertos congregados allí (entre los que figuraban los españoles Javier Coma y Luis Gasca, junto con otros investigadores como Maurice Horn o Claude Moliterni) resolvieron que la historieta fundacional apareció el 25 de octubre de 1896, cuando al famoso loro de Yellow Kid se le ocurrió gastarle una broma a propósito de su nuevo gramófono. Con esa decisión salomónica -un triste intento de prestigiar supuestamente a los tebeos- no solo señalaban la proximidad de los fastos del primer centenario de existencia del medio sino que, de paso, borraban de un plumazo (por el loro, se supone) toda la tradición previa de narración en imágenes, como si poco, o nada, tuviera que ver con el mismo.

Precisamente, en El País apareció unos meses antes una breve noticia redactada por Carles Santamaría en la que se anunciaba la celebración del susodicho congreso, contrastándolas con las declaraciones al respecto de Joan Navarro y de Antonio Martín. Ambos se mostraban perplejos frente al propósito de aquella reunión de especialistas y venían a coincidir en que era absurdo asociar la utilización de los famosos bocadillos con el nacimiento de los cómics (ni siquiera el supuesto responsable del invento, Richard F. Outcault, consideró la puntual utilización de los globos de diálogo como un elemento clave ni definitivo de su trabajo hasta tiempo después), pues estos surgieron mucho antes en Europa “a través de un proceso creador que se prolonga durante medio siglo”.

Tomemos como muestra la excelente recopilación que El Nadir ha hecho de las principales obras del artista suizo Rodolphe Töpffer (Ginebra, 1799-1846). El volumen, editado con el mimo y la calidad acostumbrada por este sello valenciano, se completa con una introducción de René Parra, responsable de la colección, quien se encarga asimismo de la traducción y las notas aclaratorias. Pero el grueso del libro son los cinco relatos basados en la concatenación de ilustraciones con una clara finalidad narrativa, acompañadas por una serie de textos situados al pie de las mismas. Todos fueron publicados originalmente entre 1835 y 1840, más de medio siglo antes de que se entablara la famosa conversación entre el chiquillo del camisón amarillo y su mascota. En ellos se aprecia ya el montaje, el diseño de la secuencia y el afán discursivo. Pocas dudas dejan estas páginas -distribuidas en origen para un público lector concreto, mínimamente cultivado- acerca de su naturaleza y de lo que significaron para el posterior desarrollo de los cómics.

Sin embargo, una vez inmerso en la lectura, el debate acerca de la paternidad de esa forma de expresión pasa a un segundo plano, arrinconado por el carisma de unas historietas francamente sorprendentes. Aunque hayan transcurrido casi 185 años desde la aparición de la primera de ellas (Monsieur Jabot), es de justicia afirmar que conservan todavía un elevado grado de frescura y espontaneidad. No se trata solo de que suenen originales, innovadoras en su concepción, sino que siguen vivas, se mantienen todavía espontáneas y divertidas. Han pervivido gracias tanto al grafismo atrevido como a una fuerte ligazón con su contexto histórico. No olvidemos que cronológicamente se enmarcan entre dos oleadas revolucionarias, a través de las cuales la burguesía fue alcanzando altas cotas de poder por toda Europa, especialmente en Francia. Por entonces, se estaba consolidando una nueva sociedad, que Töpffer atina a describir y analizar, al menos en sus rasgos más definitorios, con una mezcla de mala uva y modestia contenida.

observador crítico, ilustrado e inteligente, capaz de señalar los vicios de una clase media rural, de provincias, deseosa de imitar las buenas costumbres de los habitantes de las grandes ciudades

La presente antología da al traste con la imagen de un Töpffer resignado e ingenuo, entregado simplemente a la fascinación del retrato de costumbres. Es un observador crítico, ilustrado e inteligente, capaz de señalar los vicios de una clase media rural, de provincias, deseosa de imitar las buenas costumbres de los habitantes de las grandes ciudades. La educación (una esfera que Töpffer conocía a la perfección), la institución del matrimonio, incluso el propio mito del artista, son objeto de sus crónicas cotidianas. Representaciones concretas de un periodo clave en el devenir del viejo continente, cuando las bases del antiguo régimen empezaban a tambalearse definitivamente, para dar entrada a una nueva forma de entender las relaciones sociales y los medios de comunicación.