Aventuras de un oficinista japonés

José Domingo

[Astiberri 2017]

Por Ibai Santamaría (@ibaickenbauer)

Aaaah… Salir del trabajo. Desconectar tras un aciago día sin apartar la mirada la pantalla, aguantar al compañero graciosillo o sufrir al inepto de tu jefe. Pocas sensaciones tan gratificantes como paladear el trayecto que nos lleva de vuelta al hogar… a no ser que de camino la yakuza intente acabar contigo, corras peligro de ser aplastado por un rollo de sushi gigante o devorado por una peculiar familia de caníbales.

A todo esto y mucho más es a lo que José Domingo (Zaragoza, 1982) somete al protagonista de esta historia ganadora del premio a la mejor obra nacional en el Salón del Cómic de Barcelona 2012 y nominada a los premios Eisner dos años más tarde. Toda una odisea fantástica cuyos coloridos dibujos evocan nostálgicos videojuegos de perspectiva isométrica y rescatan de la memoria los libros de Buscando a Wally a través de una delirante profusión de detalles. Surrealista paseo por un universo donde parecen no existir normas y en el que el humor más disparatado encuentra hueco para la crítica social, sin renunciar a los siempre efectistas ramalazos escatológicos o el clásico traumatismo genital.

La total libertad cromática y argumental encuentra el equilibrio necesario en la férrea composición a cuatro viñetas por página y la práctica nulidad de variedad de encuadres. Rígida inflexibilidad formal que apenas cede en las contadas excepciones en las que un súbito acelerón del ritmo narrativo o la imprescindible pausa en los puntos de inflexión así lo requieren. Efectos estos potenciados por el gran formato del libro y el nada desdeñable tamaño de cada viñeta, que abocan al lector a sumergirse en la fantasiosa propuesta y dejarse llevar sin más quebraderos de cabeza que los que uno quiera imponerse.

La guía de lectura de Gerardo Vilches, todo un referente de la crítica comiquera, aporta un interesante valor añadido respecto a la primera edición de la obra. Una pormenorizada descripción de cada escena que permite descubrir detalles que de otra forma habrían pasado desapercibidos, ya que salvo contadísimas excepciones en forma de onomatopeya, la historia carece de textos y deja toda función del lenguaje en manos de la imagen.

No sabemos si el oficinista logrará regresar a casa, pero lo que sí es seguro es que todo aquel que se aventure a acompañarle en su divertido periplo no podrá evitar releerlo, sorprendiéndose cada vez.