Especial Paracuellos 


El entorno del kilómetro 14 de la antigua carretera de Aragón, más conocida en nuestros días como la carretera de Barcelona o la A-2, se caracteriza hoy por albergar uno de los hoteles más grandes de Europa: el Auditorium, casi enfrente de otro que cambia de casa de citas a hotel de tránsito con facilidad pasmosa: El Avión y aún existe uno más, totalmente impersonal que a través de una pancarta inmensa trata de reclutar clientes al reclamo de que por sólo 60 euros te dan cama y un cruassant a la mañana siguiente. El kilómetro 14 alberga también los restos de lo que fue la mítica fabrica de camiones Pegaso; sus inmensos terrenos, al ritmo de su decadencia, se han ido parcelando y sobre ellos, talando árboles desconsideradamente, se construye a ritmo frenético moles de hormigón y ladrillo que se anuncian como apartamentos turísticos. Casi enfrente sobrevive aún, a pesar de aquel salvaje atentado de los años ochenta, obra de radicales islamistas, un restaurante que se caracteriza por la receta de sus costillas y que evoca la pujanza de esta zona en los años sesenta cuando era conocida como la costa de las chuletas; hasta que el vecindario alarmado descubrió que habían desaparecido todos los perros y gatos de la zona. Fue entonces cuando los negocios se reciclaron de inmediato como cocederos de mariscos, posiblemente por su proximidad al mar. Por este kilómetro 14 pasaron en bicicleta los protagonistas de “El Jarama”, camino del puente de San Fernando la mañana de aquel trágico domingo.

¡...y de aquí, a la CEA!
En los años sesenta, el cobrador de los coches de línea de Alcalá a Madrid iba cantando las paradas. Era otra forma de conocer mundo. Una de las más enigmáticas era aquella de “Poblado Fin de Semana”, porque uno miraba a un lado y a otro de la carretera buscando el lugar idílico y solo descubría las pistas del aeropuerto a la derecha y un secarral a la izquierda sembrado de semi-chabolas. Era más o menos a la altura del kilómetro 14. “¡...y de aquí, a la CEA!”, cantaba el cobrador mientras dejábamos aquel paisaje insólito.

El Hogar García Morato
Ha sido aquí donde he descubierto que en el kilómetro 14 de la carretera de Aragón se alzaba, desde los años cuarenta, el Hogar de Auxilio Social “García Morato”. Allí pasó el autor una buena parte de su infancia, esa que describe con un dibujo de línea clara, pero de desgarro contenido a lo largo de las más de seiscientas páginas de este volumen. Una de las viñetas muestra a los niños que se asoman a la tapia para tratar de tener contacto con la realidad exterior y tan solo alcanzan a ver personajes tan tristes como ellos que se bajan de “La Conti” para perderse en ese poblado “Fin de Semana” o atravesar fatigosamente el secarral que se extiende junto a las pistas del aeropuerto. En el kilómetro 14 de la carretera de Aragón no queda resto alguno de aquel Hogar, unos de los muchos con los que los vencedores pretendieron hacer una muy peculiar labor social sobre huérfanos de la guerra, los hijos de los exiliados, de los que morían en las cárceles o de los fusilados. Hoy es un paraje despersonalizado que atraviesa un tráfico infame entre puti-clubs, chuletas, costillas, hoteles de paso y edificaciones impersonales que buscan infructuosamente la primera línea de playa.

paracuellos

Carlos Giménez y los héroes de papel
Desde 1977 hasta 2003 Carlos Giménez fue publicando los seis álbumes que componen la serie que se conoce como “Paracuellos”. Su autor pretendía haberla llamado “Historia de los niños que vivieron en los hogares del Auxilio Social durante la posguerra franquista”, pero su público terminó sintetizando la serie con el nombre que ha perdurado, el del pueblo donde se ubicaba uno de aquellos Hogares: el “Batalla de Jarama”. Giménez nació en Madrid dos años después de terminar la guerra. Su padre muere cuando Carlos tiene poco más de un año y su madre, enferma de tuberculosis, se  ve obligada a internar a dos de sus hijos en los Hogares del Auxilio Social. Como un personaje de Dickens, desde los 5 a los 14 años, el autor de “Paracuellos” recorre la tristeza, el miedo, el abuso, la injusticia, el desprecio, el hambre y el frío a través de una serie infinita de aquellos “hogares”; desde el “General Mola” de Madrid, hasta el del kilómetro 14 de la carretera de Aragón. Inmerso en aquella miseria, Pablito Giménez, el protagonista de este conmovedor relato gráfico, sueña con las aventuras de su héroe favorito “El Cachorro” y admira a su autor G. Iranzo porque de mayor quiere ser dibujante de tebeos como él. Sin embargo sus héroes tan sólo son de papel y están expuestos a sucumbir en el fuego purificador de los que rigen las normas de la moral desde la violencia, el fanatismo religioso, el testamento joseantoniano y los principios del movimiento. Entre soledad, violencia, hambre y frío se debaten estas víctimas inocentes de una guerra que ni siquiera vivieron y a los que les queman hasta sus inofensivos mitos.

Rabos de lagartija
“Conozco bien esas miradas sombrías y aterradas –escribe Juan Marsé en el prólogo– esos gritos y esas sonrisas maliciosas, tristes o resignadas que nos dedican los chavales de “Paracuellos”. Conozco al niño que se come la pasta de dientes o la goma de borrar. En los miserables años cuarenta de la postguerra, otros muchachos como ellos fueron mis ocasionales compañeros de aventuras en los aledaños del Guinardó y el Carmelo”. En el último relato de “Paracuellos”, un escabroso suceso conmociona a todos los niños del internado, menos al más inocente que ufano quiere mostrar la lagartija que acaba de cazar; nadie le hace caso y finalmente decide dejarla en libertad, mientras su mirada perdida en las hojas que arrastra el viento no logra encontrar respuesta a esa infancia mutilada.

La agresividad constante
En todas las historias de “Paracuellos” la agresividad está presente. Un mundo de violencia en el que el Padre Rodríguez, jesuita, director titular del “Hogar”, muestra orgulloso a Antonio, el falangista “cuidador” de los chavales, las ventajas de las tortas a dos manos, porque de este modo el niño no se cae y está preparado para recibir otras dos.

Cuando paso ahora por el kilómetro 14 evoco irremediablemente las historias de “Paracuellos” y me viene a la memoria esa agresividad que también nosotros, los hijos de los vencedores, sufrimos en los colegios de pago. Concretamente en esta ciudad, señores que son hoy venerables ancianos, con muchos menos años, más energía y una agresividad desaforada se cebaban a bofetadas con nosotros, sus alumnos, creídos en que aquello debería ser la formación del espíritu nacional. Después, en el recreo, nos arrojaban a un patio minúsculo donde el único deporte posible a practicar era el de forrarse a tortas entre nosotros mismos, ante su mirada complaciente. Tal vez por eso me suene algo la música de estas viñetas desgarradoras.

 

(Texto publicado originalmente en el suplemento cultural Entre libros anda el juego del Diario de Alcalá, donde colabora habitualmente Vicente Alberto Serrano)

Carlos Giménez en Guía del Cómic

Vicente A. Serrano

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